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Vibe coding: por qué tus alumnos ya programan sin saber programar

El semestre pasado un alumno de tercero me entregó una app funcional. Login, base de datos, una interfaz decente. Le pregunté cómo había resuelto la conexión a la base de datos y me miró como si le hubiera hablado en arameo. «No sé, profe, le dije a la IA que lo hiciera y funcionó.»

Ahí, en ese salón, a las siete de la mañana, entendí que el vibe coding ya no era un meme de X. Ya estaba sentado en mi clase.

Qué es el vibe coding, sin adornos

El término lo popularizó Andrej Karpathy a principios de 2025, y la idea es tan simple que da un poco de vértigo: programar describiéndole a un modelo de IA lo que quieres, en lenguaje humano, y aceptar lo que te devuelve sin necesariamente leer cada línea. Le hablas, corre, ajustas el «vibe» de la petición, vuelve a correr. Programación guiada por prompts, pues.

No es autocompletado glorificado. Es un cambio de rol. El programador deja de escribir el código y pasa a dirigirlo. Tú pones la intención; la máquina pone la sintaxis.

Y aquí es donde la industria se partió en dos bandos que no se soportan.

El bando que lo ama (y no le falta razón)

Para prototipar, el vibe coding es una bestia. Lo que antes te tomaba un fin de semana entero —levantar un CRUD, conectar una API, montar una interfaz de prueba— ahora sale en una tarde. Alguien sin formación técnica puede tener una idea a mediodía y una demo funcionando en la noche. Eso, hace tres años, era ciencia ficción.

En el aula lo veo clarísimo. El alumno que se paralizaba ante una página en blanco ahora tiene algo con qué trabajar. La barrera de entrada se desplomó. Y bajar barreras, en educación, casi siempre es bueno.

Casi.

El bando que lo detesta (y tampoco le falta razón)

Aquí va mi opinión, y sé que a algunos les va a caer mal: el vibe coding puro, sin nadie que entienda lo que salió de la máquina, es una bomba de tiempo.

Te doy el ejemplo del alumno del principio. Su app funcionaba. Hasta que le pedí que la modificara. No pudo. No porque le faltara talento, sino porque no tenía idea de qué había construido. Era dueño de una casa sin conocer dónde estaban las tuberías. Y cuando algo se rompe —siempre se rompe— no sabes ni por dónde empezar a buscar.

En proyectos serios el problema escala feo. Código que nadie revisó a fondo, decisiones de arquitectura tomadas por un modelo que optimiza para «que funcione ahora», no para «que se pueda mantener en dos años». Los equipos que ya se subieron a esto sin criterio están acumulando una deuda técnica que van a pagar con intereses.

La misma gente que empuja la tecnología lo admite entre líneas: a nivel profesional sigue siendo indispensable la mirada de un desarrollador con experiencia que revise, valide y corrija lo que la IA propone. Traducción: el vibe coding no elimina al programador senior. Lo vuelve más necesario que nunca.

Entonces, ¿lo enseño o no?

Lo enseño. Pero no como sustituto de aprender a programar, sino como una herramienta que se usa después de entender los fundamentos. Es la diferencia entre darle una calculadora a alguien que ya sabe sumar y dársela a alguien que cree que 7 por 8 es 54 porque eso dijo la pantalla.

Mi regla en clase es fea pero honesta: si vas a usar IA para generar tu código, tienes que poder explicarme cada bloque como si lo hubieras escrito tú. Si no puedes, no es tuyo. Es un préstamo que no entiendes y que algún día te van a cobrar.

Porque el mercado no va a pagar por gente que sabe pedirle cosas a un chatbot. Eso lo hace cualquiera. Va a pagar por quien sabe distinguir cuándo la máquina se equivocó, cuándo tomó un atajo peligroso y cuándo eligió la solución elegante en lugar de la que «también corre». Ese criterio no te lo da el prompt. Te lo da haber sufrido escribiendo código a mano primero.

Lo que viene

El vibe coding no es una moda que se va a pasar. Es la nueva capa base de cómo se va a construir software, igual que en su momento nadie volvió a programar en ensamblador teniendo lenguajes de alto nivel. La abstracción siempre gana.

Pero cada capa de abstracción que subimos nos aleja un poco más de entender qué pasa por debajo. Y en algún punto —cuando el sistema falle, cuando haya que auditar por qué la IA tomó cierta decisión, cuando la seguridad importe de verdad— alguien va a tener que bajar a las tuberías.

Ojalá para entonces sigamos enseñando a nuestros alumnos cómo bajar.


Si te dedicas a formar programadores o estás aprendiendo por tu cuenta, en OigaProfe.com escribo sobre estas cosas sin venderte humo. Y si quieres profundizar, en el podcast Código Principal desmenuzamos las noticias de tecnología que sí importan.